viernes, 17 de abril de 2015




Cuando en diciembre de 2010 una oleada de protestas contra gobiernos despóticos y corruptos sacudió el mundo árabe muchos pensaron que se abría el camino a la democracia. Fue una impresión errónea. Apenas cinco años después de las revoluciones árabes la situación es inequívocamente más insegura, violenta y peligrosa. Una amplia región en guerra se abre desde el norte de África hasta el sur de la península arábiga, con grandes extensiones de Iraq y Siria. Siendo Túnez la cuna de la revolución y el único país con una transición más pacífica, acusa sin embargo los problemas derivados del conflicto libio, lo que ha hecho que el país no haya podido, finalmente, permanecer ajeno a la violencia. 

La caída de los regímenes dictatoriales no ha supuesto un triunfo de la democracia, sino la liberación de tensiones interétnicas, sociales y religiosas que los gobiernos despóticos (antes muy apoyados por Occidente) habían oprimido y silenciado. Ahora un gobernante depuesto es sustituido por un férreo gobierno militar como en el caso egipcio (tras un breve paréntesis de presidencialismo religioso) o se mantiene a sangre y fuego en el poder como en Siria pero a costa de grandes pérdidas; en el caso peor, tras la caída del gobernante (calificado como “dictador” por los mismos medios de comunicación que antes le llamaban “presidente”), estalla una confusa guerra de milicias y facciones como sucedió tras la muerte de Gadafi. 

Un caso que podría presentar ciertas similitudes con Libia, por la situación de caos a la que podría estar a punto de llegar, es Yemen, dividido en facciones agrupadas en torno a dos presidentes que se proclaman legítimos, Hadi (apoyado por Arabia Saudí) y Saleh (apoyado por los insurgentes huti e Irán), y en el que las protestas de la primavera árabe se han mezclado con antiguos problemas étnicos y políticos que el país arrastra desde la unificación de Yemen del norte y Yemen del sur en 1990, además de los ocasionados por la presencia del yijadismo internacional. Sin embargo, hay algo que convierte a Yemen en un caso único: la intervención saudí.



Arab Spring map.svgPrecisamente la guerra en Yemen y la consiguiente intervención saudí contra los huti desde finales de marzo han inaugurado una segunda primavera árabe, quizá no tan llamativa como la primera de 2010 porque se confunde con una de los muchos conflictos locales del primer cuarto del siglo XXI. Sin embargo, merece la pena detenerse a tener en cuenta la situación, cuyo carácter regional es mera apariencia. 

En primer lugar, la retirada de los EEUU del escenario militar, aunque apoyen al régimen saudí con armas y recursos, deja a Riad las manos libres para intervenir en los asuntos internos de Yemen acaudillando una coalición militar de países árabes, cuya alta capacidad bélica recuerda a las intervenciones militares norteamericanas en las últimas guerras del Golfo. La diferencia ahora es que las modernas armas empleadas en las incursiones aéreas no están ya en manos de ningún gobierno occidental. La coalición está en manos estrictamente árabes y planea su continuidad en el tiempo más allá de la crisis yemení para formar una especie de OTAN árabe que ayude a estabilizar la región. Es aún dudoso que pueda existir semejante alianza (en principio) defensiva, porque es muy difícil que gobiernos esencialmente autoritarios como el egipcio o el saudí transfieran el control de unidades militares a entidades supranacionales, pero simplemente la posibilidad de su existencia supone un cambio notable en las relaciones internacionales de este siglo.


Las razones de la intervención saudí en Yemen no son religiosas, ni siquiera étnicas por más que así lo denuncien los huti. Se trata sencillamente de geopolítica para evitar la creciente influencia de Irán en la región. Como consecuencia de la retirada norteamericana de la zona y la práctica disgregación de Iraq y Siria en facciones, Irán ha asumido la defensa de la población chiíta y se está convirtiendo en una auténtica potencia regional con un papel cada vez más decisivo. Su estricta interpretación del Islam y su virulento antiamericanismo así como su conocida posición respecto a la existencia del estado de Israel han supuesto desde la revolución iraní de 1979 un desafío muy duro para la monarquía saudí, sede histórica del Islam. Actualmente, además, su intervención en la política yemení es un hecho apoyado tanto por las declaraciones en contra de la coalición (a la que acusa de planear el genocidio de los huti) como por los movimientos de sus barcos de guerra; la intervención saudí no pretende sino conjurar ese peligro, frenar la expansión iraní y al mismo tiempo controlar el creciente yijadismo internacional, con un abanico de acciones que pueden ir desde el apoyo a ciertas facciones hasta la represión de otras.



La segunda primavera árabe puede ser más relevante y de efectos más duraderos que la primera. En primer lugar puede suponer el punto de inflexión que acelere la ausencia de intervención directa en el escenario por parte de las potencias occidentales, pues los EEUU están dirigiendo su atención hacia China y tratando de cerrar viejos problemas (como sugieren los acuerdos con Cuba e Irán) mientras que la Unión Europea, por su parte, que no tiene ni la capacidad de mantener una voz única en política internacional como demuestra la reciente visita del presidente griego Tsipras a Moscú, cuanto menos será capaz de actuar por su cuenta en la zona sin el apoyo de EEUU o Reino Unido. 

En segundo lugar, la emergencia en el horizonte de una potencia como Irán que aprovecha el vacío de poder generado después de la última guerra del golfo y del fin de la primera primavera árabe; precisamente el acuerdo para levantar las sanciones a Irán, tan deseado por EEUU como por Irán pese a la retórica de ambas partes, a cambio de paralizar el programa nuclear iraní, supondrá la afluencia de capital extranjero desde todas las regiones del mundo para invertir allí, lo que contribuirá al levantamiento de su economía y a que, una vez ganado tiempo, consideren la reanudación o no de su programa nuclear en función de las circunstancias (así no sorprende que Moscú, que tanto tiene que perder ante la cancelación del programa nuclear iraní, haya formado parte de los negociadores y –al menos en apariencia- haya apoyado el acuerdo). 

En tercer lugar, y para frenar la presión iraní, en esta segunda primavera asistimos a la creación una coalición árabe y solo árabe bajo el mando saudí para estabilizar la región. El apoyo a dicha coalición brindado por los EEUU no debe restar importancia a que podríamos estar ante el nacimiento de la mayor organización militar y supranacional –no europea ni americana- de la historia, cuyas consecuencias no solo para la región sino para el resto del mundo son todavía una página en blanco en un libro cuyo texto escribirán dos adversarios que son regímenes teocráticos: Irán y Arabia Saudí.  


(Profesor de la Universidad de Murcia)

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