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domingo, 8 de marzo de 2015

Corrían los años  50, y no llovían las buenas noticias. En un pequeño pueblo del sureste español el calor, el polvo, el sudor no conseguían acabar con la alegría, pero tampoco cerraban la herida que desde hacía tiempo se había abierto y que como después él supo jamás se iba a cerrar. Ni siquiera el agua que a veces todo lo anegaba era capaz de hacer retroceder esa asfixia desoladora que todo lo impregnaba. 

En ese ambiente vivía una mujer con mayúsculas, que desde muy joven se había tenido que enfrentar a la crudeza de este mundo. De pequeña salió al patio de su casa y se encontró a su madre muerta; padecía del corazón. Desde ese momento tuvo que encargarse de sus dos hermanas pequeñas,  convirtiéndose para ellas en su nueva madre.  La tristeza no le impidió conocer el amor,  en forma de un apuesto joven carpintero que de joven  andaba descalzo por la mota del río y que reservaba su único par de zapatos para los domingos. El oscurantismo y el atraso hicieron que tuviera que manifestar su amor a escondidas en forma de boda un día laborable a las 7 de la mañana, en lugar de poder hacerlo un día festivo frente a sus vecinos y amigos, que ya conocían y estimaban a la joven pareja.  Esas costumbres no le sorprendían ya en absoluto. Años atrás,  cuando su padre enviudó, tuvo que enfrentarse a un hecho similar, puesto que cuando su padre decidió contraer nuevas nupcias  una masa de ignorantes y catetos fue a su casa a humillarlos públicamente en forma de cencerrada. La cencerrada era una costumbre que consistía en que cuando un viudo o una viuda se casaba por segunda vez la gente se lo tomaba a guasa y decidía ir a la casa del susodicho o susodicha con cencerros de los que llevaban los animales a burlarse de no sabemos muy bien que. Pero esa no era la mayoría de la gente, eran unos cuantos indeseables que no merecía la pena siquiera tenerlos en cuenta. 
  
Fruto de ese matrimonio casi clandestino nacieron dos hijos que fueron el orgullo de la pareja. Él, carpintero, ella, trabajando en el almacén.  No tenían mucho, no tenían mucho dinero, ni poder, pero eran felices. Se querían y eso era lo importante.  Él tuvo que marchar a Francia una temporada a trabajar porque aquí escaseaba el empleo. La familia quedó esperándolo. Ya en París todos sus compañeros subieron a lo alto de la torre Eiffel. Él subió solo a la primera planta por ser gratuito, pero se quedó sin subir a lo más alto porque no podía permitirse el lujo de gastar dinero en cosas superfluas, ese dinero ahorrado sería para su familia. Eso era una persona digna y con valores, de las que hoy en día ya no se ven. Se privaba a sí mismo por los suyos. Tuvo que sufrir el hecho de estar trabajando sin estar asegurado.
   

Ella trabajaba sin parar en el almacén.  Solo disponía de una hora para comer, daban la hora dentro del almacén, salía corriendo, llegaba a casa, hacía la comida, comía lo que podía y rápidamente volvía de nuevo a su puesto de trabajo porque cuando las campanas daban la siguiente hora ella debía estar ya en su sitio. Y entonces le esperaba una larga tarde hasta llegar la noche. Tenían allí  la costumbre de poner música a todo volumen para impedir que las empleadas hablaran entre sí y se despistaran de su quehacer. El encargado vigilaba desde arriba por si alguna de ellas disminuía el ritmo de la producción.

   
Cuando era temporada de melones sudaban mucho, pues el pelo de la corteza de los mismos les producía picores y escozores por el cuello y por todo el cuerpo, además de mucho calor. En invierno ella y sus compañeras se llevaban un ladrillo para sentarse porque hacía mucho frío y la humedad se soportaba mejor, ya que el ladrillo estaba más caliente.  En verano el calor era insoportable. Muchas horas de pie, muchas horas sin ir al baño. Años más tarde, tendría un problema de piedras en el riñón, quien sabe si esas maratonianas jornadas de trabajo no tendrían algo que ver. 
     
Y llegó el día.  Además de la durísima jornada también hacían horas extra para suplir gastos y tener una ayuda más. Pero resulta que esas horas se las pagaban como si fueran horas ordinarias, pertenecientes a la jornada, algo totalmente prohibido incluso entonces por toda clase de convenios.  No aguantaban más, estaban hartas. Decidieron actuar. Pararon las máquinas. El encargado no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Impotente, decidió ir directamente a hablar con  el patrón. Pero no había unanimidad ni muchísimo menos. Cuando estas valientes trabajadoras decidieron parar las máquinas en señal de protesta en una época durísima  en la que realmente se la estaban jugando, no faltaron las “compañeras” que no queriendo parar las máquinas exclamaban: “¿Qué hacéis? ¿Dónde vais diablas?”. 
       
Diablas. Sí, ese era el apelativo que merecieron por luchar por sus derechos y por el de sus compañeras. Diablas. Como en otros tiempos se calificó a las mujeres rebeldes que no seguían el camino establecido por los poderosos: diablas, brujas…
      
Se percibía la tensión en el ambiente.  Ni las amenazas ni las coacciones podrían ya pararlas, nuestras diablas estaban en la determinación de llegar hasta el final en su legítima pretensión.  Llegó el jefe y dijo con voz rotunda y amenazante: “¿Qué está pasando aquí?”
      
Ellas, firmes pero sin perder las formas expresaron su reivindicación. El jefe las escuchó atentamente y comprendió que tenían toda la razón. Joven pero no por ello inexperto decidió pagar las horas extraordinarias como tales, y no como hasta el momento había hecho. Ellas celebraron la nueva conquista y le dieron las gracias. Las compañeras entre comillas que antes se habían quejado acusando a las huelguistas de “diablas” enmudecían.  Nuestras diablas les dijeron entonces: “No queríais parar las máquinas y nos señalabais con el dedo pero, ahora sí que ponéis el cazo, ¿verdad?”  No hubo respuesta.
       
Y es muy triste pero es la verdad. La gente no se atreve, calla y aguanta, cuando no condena y señala a la que sí se atreve, a la que no se calla… pero luego siempre quieren recoger los frutos de la lucha que no han protagonizado.
        
Pero esto no acaba aquí. Desde el almacén las trabajadoras pudieron escuchar  las voces del padre del joven jefe, que en sus tiempos había sido el patrón,  y que había decidido poner a su hijo en el puesto, ya que se trataba de una empresa familiar.  Lo acusó de incompetente, y presumió de que a él jamás se le habían insubordinado las trabajadoras. Claro, seguramente esa era la ventaja de gobernar con mano de hierro. 
     
       
Ella llegó radiante a casa, por fin le pagarían lo que le correspondía. Él acababa de llegar de la barbería de El Serena, con ese peinado que ensalzaba su  masculinidad sin perder esa dulzura que brotaba de sus ojos y que se manifestaba en su trato hacia ella, de amor y, sobre todo, respeto. Ella le contó la pequeña victoria, se pusieron ambos muy contentos y decidieron celebrarlo sacando una botella de vino del pozo del patio, donde se conservaba más fresco.  Tras el almuerzo, se durmieron. Al despertar ella dijo:

 – Pepe, ¿Crees que las cosas algún día cambiarán? 

Él respondió:

- Quién sabe, Manolita, quién sabe.




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